ERBESTE

Erbeste (“exilio” o “lo ajeno” en euskera) se mueve en los márgenes: los márgenes entre lo experimental y lo popular, entre la ficción y lo documental, entre la creación artística y la investigación académica. Entre esos márgenes vamos a descubrir al público. Queremos presentar Erbeste en entornos bien distintos, ante audiencias familiarizadas y extrañas, profesionales del medio y no, de este y otro contexto sociocultural, con un nivel educativo x, y, z… Y queremos descubrir cómo perciben esos “otros” públicos la “otredad” que mostramos en la obra.
¿Podemos hablar de identidad hoy sin tener en cuenta la enajenación del sentido de pertenencia a la que nos invita la precariedad imperante en la actualidad? ¿Pero la precariedad en qué sentido? ¿No es el exilio, la migración forzada, una forma de enajenación en sí mismo? Nuestro dossier abre la descripción del proyecto con esta frase:
“Enajenación –> Estar fuera de sí –> El exilio de uno mismo”.

Erbeste parece enajenada pero sigue buscando… buscándose.
Buscando un reflejo de sí misma en la mirada ajena.
Y quizá lo encuentre en la mirada de la audiencia.
Y quizá la obra encuentre a “su” público.
Y quizá parte del público encuentre un reflejo de sus conflictos identitarios en Erbeste.
Y quizá…
Descubramos.

La dramaturgia de Erbeste vehicula un trabajo de investigación-creación sobre el sentido de pertenencia en contextos socioculturales cambiantes. En el proceso una creadora-intérprete ha trabajado separadamente con tres creadoras-directores de distintas procedencias y trayectorias (Simona Quartucci, directora de teatro-danza italiana; Iñaki Rikarte, actor, director y dramaturgo vasco; y Neus Suñé, bailarina-performer catalana) para desplegar tres miradas sobre una identidad, distintas proyecciones de lo que es “uno” ante “el otro”. Cada director(a) ha aplicado un método de creación escénica (cuerpo-emociones, texto-ideas, imágenes- sensaciones) sobre la temática inicial y en torno a un mismo materialbiográfico. Sobre el material escénico surgido en las residencias creativas con cada director(a) y el material que la intérprete había creado por su cuenta en forma de canciones, Rakel Ezpeleta (ayudada por la también creadora-investigadora Esther Belvís) ha compuesto la dramaturgia final de Erbeste.

El registro escénico de Erbeste viaja de la ficcionalidad teatral a la performatividad autobiográfica. La concatenación de códigos y registros repercuten en una puesta en escena que evidencia la distancia entre lo discursivo y lo sensitivo.

Hola Rakel,

Siempre he pensado, tal vez desacertadamente desde mi supina ignorancia sobre el tema, que el teatro es “más vida” que cualquier otro género artístico. No hay drama humano que no sea susceptible de ser pintado en el lienzo de un escenario. Pero yo no entiendo de teatro, Rakel. Solo sé, eso sí, lo que me transmite cuando lo veo y cuando lo leo. ¿He dicho leo? En el caso de ERBESTE sería admiro, contemplo o gozo. Y es que el teatro si no araña, roza, golpea, acaricia, desgarra, aprieta, ahoga, transporta, hechiza o libera, lo lamento, no me gusta. Ya ves, defecto de la condición humana, al menos la mía, de la que no me puedo desencadenar. Y llegado el caso, como es éste que nos ocupa, tu obra, uno se encuentra arrastrado a momentos y situaciones cercanos o no pero vividos o, al menos, de alguna manera, ocultos entre la hojarasca y las pisadas que fueron quedándose tiradas, bien por olvido bien por opciones diversas. Las almas -en el mundo anglosajón se cuentan las personas por almas- van ahora tan deprisa que se pierden por el camino las alegrías y las dichas de los momentos presentes en pos, la más de las veces, de sueños intangibles que al final son solo eso, sueños hechos de reflejos. Y en último término pedazos de espejos rotos y desperdiciados por el camino. Tu obra, lleva, no a la risa fácil y sí a una alegría suave cuando uno hace propia la ilusión que lleva en ciertos momentos la protagonista. Conduce, en ciertos instantes de prisa desenfrenada, a querer gritarte muy bajito: “No corras. Al menos no por dentro”. Lleva a compartir los silencios de la espera que convierten el Kairós en un “chicle” demasiado largo, demasiado elástico y lento. A desear que sea el teléfono el que te espere a ti y no tú a él. A aborrecer los cables y ansiar un inalámbrico. Esto es broma. A aguardar, de una vez por todas, el retorno del brillo, el destello en la mirada azul que vuelva a encender la esperanza que parecía en franca desbandada.
Josep Lluis Bello

 

Jueves, Octubre 13, 2016 - 21:00
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